En el siguiente mapamundi resumo la vuelta al mundo ideal que quisiera realizar para acabar de conocer todos los territorios del mundo, mas no creo que la materialice tal cual aparece, debido a las circunstancias actuales de mi vida. En efecto, no es igual viajar a los 20 años, cuando tus padres son jóvenes y aun no te has reproducido, que cuando ya has empleado 30 años netos de tu vida en viajar sin parar y rondas los 60 años de edad, como es mi caso, con mi madre con la salud muy delicada y con tres hijas que precisan mi atención. Ya no puedo dar una vuelta al mundo durante varios años seguidos, despreocupado, a lo "viva la Pepa", como antes hacía, y trabajar por el camino de cualquier cosa. Y es que mi entorno ha cambiado.
Viajando vives el presente continuo, siempre te sientes igual, viajas con el mismo entusiasmo que en tus años mozos, conservas la misma pasión por descubrir lugares y personas nuevas, pero el tiempo pasa implacablemente y tú no te apercibes de ello, tú te ves siempre igual, pero los demás no. Hasta que una mañana te levantas de la cama y exclamas con horror:


  - ¡No me siento las piernas! ... ¡No me siento las piernas!...


Y es verdad; caminas y la enorme barriga que te ha ido saliendo poco a poco durante 30 años de viajar te oculta las piernas y no ves por donde pisas. Para abrocharte las botas has de hacer malabarismos para llegar a los cordones, primero desplazando tu barriga hacia la izquierda para abrocharte los cordones de la bota derecha, y luego al contrario. Si no te has quedado calvo la cabellera la tienes blanca, la cara se te ha ensanchado y te ha salido papada en el cuello, las mozas lozanas esquivan tu mirada, los jóvenes te ceden el asiento en el Metro, todo el mundo te habla de Usted… te has vuelto mayor y no te has dado cuenta.
Por ello, lo más probable es que, a medida que gane algo de dinero, realice en el transcurso de varios años una quinta vuelta al mundo a trompicones, al estilo cubista, visitando los lugares que me faltan para aprender de las gentes que allí moran, dividiéndolos en diversos viajecitos de un máximo de 4 meses cada uno, el tiempo máximo que me puedo ausentar.

Cuando materialice estos últimos proyectos viajeros, haya aprendido todo cuanto los viajes puedan ofrecerme, crecido más interiormente y mi alma esté satisfecha, dedicaré tiempo a los nietos que mis hijas me den y les contaré batallitas de viajes, como el abuelo de la familia Cebolleta. Me convertiré en un monje de ciudad.

 

Lo que me resta por conocer de nuestro bello planeta Tierra lo acometeré de la siguiente guisa:

 

- De Asia penetraré en lugares escogidos del Kurdistán Iraquí, del cual solo conozco Mosul y alrededores, para convivir un tiempo con los Yesidis y los Nestorianos y aprender de ellos. Luego estudiaré las condiciones en las que viven subyugados los armenios en la provincia georgiana de Javakhk, poblada mayoritariamente por armenios, donde los georgianos les privan de derechos. Alcanzaré sitios ignotos de la enorme República de Kazajstán y la República de Karakalpakstan, dentro de Uzbekistán, para, a continuación, dirigirme a los valles casi impenetrables de la República Autónoma de Gorno Badakhshan, a pie y en burro, a la búsqueda de unas escuelas legendarias de derviches. Tras ello proseguiré por China para introducirme furtivamente en el fragmento de Aksai Chin, invadido a Ladakh por los chinos. Continuaré en autostop al Monte Kailas y más adelante visitaré las Islas Spratly.
 
- De Oceanía recorreré el Oeste de Australia, exploraré las islas de Lord Howe, Norfolk y Tasmania antes de volar a Nueva Zelanda y sus Islas Chatham. Tras ello aun me faltarán las islas de Wallis y Futuna, las Vavau, Niue y Tokelau.
 
- Una vez en América del Sur me embarcaré por el Río Madeira hasta donde se especula que desapareció el Coronel Fawcett, visitaré como un turista el salar de Uyuni, tras el Chaco realizaré la Ruta de las Misiones en Paraguay y finalmente bajaré al Sur de Argentina para admirar Perito Moreno y las montañas de los alrededores, como Fitz Roy y las Torres del Paine, algo que no pude hacer en viajes anteriores por falta de dinero.
 
- Cuando vuele al sur de África no me dejaré las islas de Moheli y Anjouan, en las Comores, Equatoria o el Sur de Sudán, que ya es independiente de Sudán, el rebelde enclave de Cabinda (Angola) y después los siete reinos legendarios de Hausa Bakwai, en Nigeria, fundados por los siete hijos de una reina: Kano, Katsina, Rano, Zazzau, Gobir, Daura y Biram. Y para regresar a España escogeré el camino más peligroso pero más instructivo: Libia vía Chad, donde se hallan los restos de unos seres legendarios, los Sao, de los que quiero saber más, y las montañas del Tibesti. Desde Libia entraré en Túnez y me embarcaré a Palermo y luego a Valencia, para proseguir en tren a Hospitalet de Llobregat, en el noreste de España.

 

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    Hace años me sobresaltaron las siguientes dudas:

¿Es moral viajar tanto? ¿No se podría gastar todo el dinero que empleo en los viajes en aliviar el sufrimiento humano? ¿Es que acaso los nativos de Mozambique, Bangla Desh o Paraguay no tienen también derecho a conocer su planeta y hacer turismo al Coliseo de Roma, a la Torre Eiffel de París, o al Museo del Prado de Madrid, como hacen los occidentales?...

Durante mucho tiempo estos y otros pensamientos similares no me dejaban ni un momento en paz y mi conciencia me remordía implacablemente, día y noche.

Observaba que muchos turistas viajaban a países exóticos para contemplar, arrobados, la clase de gente que ignora en sus países de origen. Otros se gastaban fortunas en safaris en países africanos para fotografiar a los animales, en tomar el sol en atolones del Océano Pacífico adonde llegaban en lujosos cruceros, o bien en desplazarse a países remotos para golpear con un palito a una bolita para intentar introducirla en un agujerito en unos campos que se llaman de “golf”. Con el importe del billete de avión o de barco y la estancia de solo uno de ellos se podría alimentar a una familia pobre africana o asiática durante un año.

Mientras que en mi caso casi todo el dinero que ahorro trabajando o de la venta de mis libros lo empleo íntegramente en mis viajes. Soy recatado en mis escasos gastos, no poseo vehículo, siempre camino o tomo el metro y el autobús, como lo justo y solo compro lo que encuentro más barato en los mercados, visto aún ropa de cuando hice la “mili” y, por supuesto, jamás compro (ni mucho menos leo) los manipuladores periódicos, que tratan de adoctrinar a los ciudadanos y cuya redacción es controlada por comisarios políticos. (Lo peor de todo, peor aun que los parásitos sindicalistas, son las "sectas de cortijo" o esos políticos periféricos de corral que exhalan odio y que en algunas regiones españolas pretenden eliminar nuestra bella lengua de Cervantes, compartida por 25 países del orbe y hablada por 500 millones de personas, e imponer una lengua muy minoritaria, completamente inútil para un viajero -claro, esos políticos de cortijo no son viajeros- que incluso es minoritaria en la propia región donde se quiere forzar a hablar como única, además de adoctrinar a los niños a odiar su propio país (España), mientras que el que podría impedirlo se pasa la vida esquiando en los Pirineos o paseando en velero por las Baleares).

Mas a pesar de mi vida austera, miles de veces me he sentido culpable cuando he negado limosnas a las legiones de menesterosos tullidos que me han suplicado lastimeramente. Tras distribuir algunas monedas o billetes a los más desesperados, me reprimía y rechazaba a los demás conteniendo las lágrimas, pues no podía repartir todo mi dinero y regresar a casa. Mil veces he estado a punto de renunciar a mis viajes y buscar un medio de expiar mi falta de piedad ante gente afligida y tanto despilfarro cometido para financiar mis viajes a lo largo de toda mi vida.


Pero un buen día me inspiró un simple aforismo de principios de los tiempos de la Humanidad, también aplicable a los viajes, que reza así: “Todo lo que contribuye a elevar el ser es bueno; todo lo que obstaculiza elevar el ser es malo”.

Y logré el equilibrio en mi mundo interior.

Ahora sé que mis viajes son justificados y conscientes (ser viajero es un estado de conciencia), pues de todos ellos extraigo enseñanzas que me ayudan a vivir correctamente. Ahora solo quisiera poder exclamar alborozado el día que deje de viajar: 

"Oh, Dios mío, qué rico he sido!

Fui uno con el planeta Tierra, participé en su dinámica,

le hablé de tú a tú, escudriñé todos sus chakras

y vi lugares maravillosos que pocos humanos imaginan siquiera que existen.

Gocé de una vida bella e intensa,

sentí el mundo entero a mi disposición,

lo comprendí y lo amé.

¡Gracias, un millón de gracias!”

 

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Eran los últimos días de Octubre de 2007. Durante varias noches dormía en el Vaticano, en el suelo, bajo las columnas de la Piazza di San Pietro, junto a miles de peregrinos españoles y de otras nacionalidades. Todo mi dinero me lo habían robado los jueces georgianos en Batumi, a través de un negociador, en un simulacro de juicio, para poder ser liberado de una inmunda mazmorra, donde permanecí sin comer varios días (me acusaron de haber penetrado en la prohibida república rebelde de Abjasia).
Tras acabar de visitar la Soberana Orden de Malta, en la Via Condotti, Roma, advertí la Iglesia MM. SS. Trinità Degli Spagnoli, a pocos metros de allí, y entré para hablar con los monjes. Conmemoraban la beatificación de casi 500 mártires españoles (de los aproximadamente 8000 religiosos asesinados cobardemente antes y en el transcurso de nuestra desgraciada Guerra Civil del siglo XX, las monjas tras ser previamente violadas, y muchos sacerdotes y niños que estudiaban en escuelas religiosas fueron enterrados vivos, por verdaderas bestias humanas).
Y debió de sucederme algo extraordinario en esa visita a los Trinitarios, orden que se cuida de redimir a los cautivos de las cárceles en todo el mundo (los Trinitarios liberaron a nuestro Miguel de Cervantes de un calabozo de Argel por 500 escudos), pues he decidido solicitar en un próximo futuro ser admitido como miembro.
Me identifico con las andanzas y destino de Juan Pobre de Zamora, el primer backpacker que dio la vuelta al mundo en solitario (en los siglos XVI / XVII), en barcos y a pie, con una mano por delante y otra por detrás, que al llegar a España entró de monje en un monasterio madrileño, lo mismo que el zaragozano Pedro Cubero y el andaluz Pedro Ordóñez, contemporáneos de Juan Pobre, que también culminarían una vuelta al mundo por tierra y por mar y acabarían sus vidas en monasterios españoles.
Por ello creo que en mis años maduros esa será la manera más útil de poner al servicio de una noble causa lo que haya podido aprender durante mis largos viajes (además de ayudar a otros a viajar). Cuando concluya mi quinta Vuelta al Mundo haré la solicitud en la central de los Trinitarios en Madrid. Ojalá que me acepten, aunque solo sea para llevar la mochila al rescatador de esclavos en el Chad, Sudán, Mauritania u otros países donde aun existe la esclavitud, o bien ayudar a liberar (previo pago de rescate), a alguna de las miles de personas secuestradas por las mafias criminales, ocultas en las inaccesibles junglas de Colombia.

MM. SS. Trinità Degli Spagnoli, Roma

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